Probablemente esta idea me ha generado más de una crítica. La paradoja de poner a mi familia en tercer lugar parte de una forma muy personal de entender mis prioridades: primero mi salud, después mi trabajo y, finalmente, mi familia.
Mis tres prioridades en la vida son:
3. Mi familia.
2. Mi trabajo.
1. Mi salud.
Y sí, sé perfectamente que el orden puede sonar extraño.
Vivimos rodeados de frases como “la familia siempre es primero”. Entiendo perfectamente lo que quieren decir y comparto el fondo de esa idea.
Pero yo lo veo de una manera diferente.
Para mí, poner a mi familia en tercer lugar no significa que sea menos importante.
Significa exactamente lo contrario.
Y ahí comienza la paradoja de poner a mi familia en tercer lugar.
Todo empieza por uno mismo
Durante años he pensado que para poder cuidar, proteger y acompañar a otras personas, primero necesitamos estar en condiciones de hacerlo.
Parece evidente, pero en la práctica muchas veces actuamos al revés.
Nos exigimos más horas, más resultados, más responsabilidades y más compromisos, mientras dejamos para después nuestro descanso, nuestra tranquilidad o nuestra propia salud.
Y tarde o temprano la cuenta llega.
Cuando hablo de salud no me refiero solamente a hacer ejercicio, comer bien o realizarse estudios médicos.
Para mí, el concepto es mucho más amplio. Abarca la parte física, mental, emocional y espiritual.
Implica dormir bien, cuidar el cuerpo y aprender a administrar el estrés. Encontrar momentos de silencio, espacios para pensar y tiempo para seguir aprendiendo.
También significa conocernos lo suficiente para saber cuándo acelerar, cuándo bajar el ritmo y, de vez en cuando, cuándo simplemente detenernos.
Porque puedes tener grandes proyectos, una familia maravillosa y enormes oportunidades, pero si pierdes tu salud, tarde o temprano todo lo demás comienza a tambalearse.
Por eso mi prioridad número uno soy yo.
No por egoísmo.
Por responsabilidad.
Después viene el trabajo
Aquí probablemente aparece la segunda parte incómoda.
¿Por qué poner el trabajo antes que la familia?
Porque el trabajo, cuando lo entendemos correctamente, no solamente representa una profesión o una empresa.
Representa una parte importante de nuestra capacidad para proveer, construir, proteger y generar oportunidades.
El trabajo produce recursos, pero también puede generar estabilidad, patrimonio, conocimiento, relaciones y posibilidades.
Y todo eso termina impactando directamente en nuestra familia.
Por supuesto que el trabajo no debería convertirse en una obsesión ni justificar nuestra ausencia permanente.
Ese sería el extremo contrario.
Pero tampoco podemos negar una realidad: una familia necesita amor, tiempo y presencia, sí; pero también estabilidad, educación, vivienda, salud, seguridad y oportunidades.
Y muchas de esas cosas requieren recursos.
Por eso considero que una buena salud personal puede ayudarnos a construir una buena vida profesional.
Y una buena vida profesional puede contribuir a desarrollar algo que pocas veces llamamos por su nombre:
No hablo necesariamente de tener muchísimo dinero.
Hablo de orden, capacidad de respuesta, patrimonio y previsión. De contar con cierta libertad para tomar decisiones y tranquilidad para enfrentar los imprevistos que inevitablemente aparecen en la vida.
Familia en tercer lugar: la paradoja detrás de mis prioridades
Y finalmente llegamos a mi prioridad número tres.
Mi esposa.
Mis hijos.
Mi casa.
Las personas que amo.
Paradójicamente, prácticamente todo lo anterior existe por y para ellos.
Ese es precisamente el punto.
Cuando digo que mi familia ocupa el tercer lugar, en realidad estoy hablando de construir las condiciones necesarias para poder estar verdaderamente presente para ellos.
Tener salud para acompañarlos, energía para disfrutarlos y equilibrio mental para escucharlos.
Construir estabilidad profesional para protegerlos y salud financiera para ofrecerles oportunidades.
Y también cultivar esa parte espiritual que nos recuerda —y que algún día quisiera transmitirles— que la vida significa mucho más que trabajar, producir o acumular cosas.
Porque una familia saludable difícilmente puede construirse cuando quienes la sostienen están completamente desgastados física, emocional o financieramente.
Familia en tercer lugar: de la salud personal a la salud familiar
Quizá entonces mis tres prioridades no sean realmente tres cosas separadas.
Tal vez sean una cadena:
Salud personal → salud profesional y financiera → salud familiar.
Una alimenta a la siguiente.
Y cuando alguna se rompe, las demás inevitablemente lo sienten.
Por eso cada vez me interesa menos discutir cuál debería ser “la prioridad correcta” para todas las personas.
Cada familia tiene circunstancias distintas.
Cada persona atraviesa momentos diferentes.
Lo importante es entender qué estamos construyendo y, sobre todo, para qué.
En mi caso, lo tengo cada vez más claro.
Cuidarme me permite seguir construyendo. Construir me permite generar estabilidad. Y esa estabilidad me ayuda a cuidar, proteger y disfrutar a mi familia.
Al final, ellos son una de las razones más importantes detrás de todo lo que hago.
Una pausa que vale la pena
Estos días esa reflexión adquirió un significado distinto.
Nació Luis Andrés.
Y con su llegada nuestra familia volvió a crecer.
Hay acontecimientos que no necesariamente cambian lo que pensamos, pero sí nos obligan a mirarlo otra vez con otros ojos.
Entre tantos objetivos, proyectos y planes hacia adelante, momentos como este me recuerdan que también debemos aprender a reconocer lo que ya hemos construido.
Mirar alrededor.
Agradecer.
Disfrutar.
Porque podemos pasar años trabajando por alcanzar determinada vida y, cuando finalmente comienza a parecerse a aquello que alguna vez imaginamos, correr el riesgo de estar demasiado ocupados construyendo lo siguiente como para darnos cuenta.
Hoy quiero hacer precisamente lo contrario.
Detenerme un momento.
Disfrutar esta nueva etapa.
Agradecer que María esté bien, recibir a Luis Andrés y ver a Isabella comenzar una nueva etapa como hermana mayor.
Y después, claro, seguiremos construyendo.
Pero con una razón todavía más grande para hacerlo.
Al final, las prioridades sí están conectadas
Así que mantengo mi polémica lista:
Número 1: mi salud.
Número 2: mi trabajo.
Número 3: mi familia.
Porque sin la primera difícilmente puedo sostener la segunda.
Y sin las dos primeras será mucho más difícil cuidar, proteger y disfrutar plenamente la tercera.
Por eso la paradoja de poner a mi familia en tercer lugar tiene sentido para mí: el orden no pretende restarle importancia, sino construir las condiciones necesarias para poder cuidarla mejor.
Quizá ahí está la verdadera paradoja:
poner a mi familia en tercer lugar es, en realidad, una de mis maneras de ponerla primero.
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La paradoja de poner a mi familia en tercer lugar

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